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miércoles, 27 de diciembre de 2023

El peligro que viene

 


La coherencia nunca ha sido un elemento central en la información, el análisis o la valoración de los hechos relacionados con la crisis ucraniana. En 2014, era precisa una operación antiterrorista que incluía batallones voluntarios de militantes de extrema derecha, uso de la aviación y columnas de tanques y blindados para derrotar a lo que la prensa calificaba, a modo de burla de claro matiz clasista y anticomunista, de república de un solo edificio. Desde 2022, el discurso de victoria garantizada ha convivido con el de la necesidad de continuar enviando ingentes cantidades de armas para evitar una derrota igualmente segura. Este tipo de incoherencias aumenta a medida que crece la incertidumbre, ya sea a nivel militar o político y llega a su punto máximo cuando las dudas aparecen en todos los sectores, como ocurre actualmente.

Ucrania sufre ahora un cúmulo de circunstancias que crean la tormenta perfecta para el caos informativo. El momento actual incluye el intento de explicar las causas -y también las consecuencias- del fracaso de la contraofensiva ucraniana, principal apuesta de Occidente para derrotar a Rusia en el frente, pero también las dificultades para continuar el flujo de asistencia económica para volver a empezar y planificar otra nueva operación militar con el mismo objetivo. A ello hay que sumar las luchas internas, que no se comentan ya en la propaganda rusa sino en las páginas de los grandes medios occidentales, y el retorno de la política, el final de la etapa en la que Zelensky era incuestionable.

El momento se presta a los análisis interesados que no tienen en cuenta el contexto, los verdaderos orígenes y la complejidad del conflicto ni la experiencia de la actuación de las partes en la última década. «Las oraciones habituales de este año serán pronunciadas por millones de voces en unidad, ya que dondequiera que estén sus seres queridos esta noche Ucrania es una gran familia», afirmó Zelensky en su discurso navideño de este año, el primero en el que, por decreto presidencial se espera que todos los ucranianos celebren la fecha en diciembre y no en enero según el calendario ortodoxo. Esa unidad, como siempre, prefiere olvidar la existencia de los millones de ucranianos y ucranianas que seguirán celebrando la fecha como lo han hecho hasta ahora y que han ignorado el discurso de la luz contra la oscuridad de un presidente que no consideran propio.


El tono simplista de Zelensky es también la base del discurso de otros líderes internacionales. Experto en el análisis a la carrera, que casualmente siempre acaba por confirmar sus ideas preconcebidas, Josep Borrell ha mostrado un nuevo ejemplo. En su última entrevista, concedida al medio británico The Guardian, el líder de la diplomacia de la Unión Europea se ha referido al momento actual, las guerras en Gaza y en Ucrania y las consecuencias que podrían tener para el bloque político europeo. “Puede que este sea el momento en el que tengamos que mirar al peligro que viene de una gran potencia que amenaza nuestra democracia, que amenaza a la propia Europa, no solo a Ucrania. Y si no cambiamos rápidamente el curso, si no movilizamos nuestras capacidades, eso permitirá a Putin ganar la guerra de Ucrania”. Apóstol de la versión de la derrota segura de Rusia y de su incapacidad de movilizar su economía ante la presión de las sanciones occidentales, también Borrell explota ahora la idea de la posible derrota europea.

Lo hace sin admitir el fracaso que han supuesto la docena de paquetes de sanciones, que no han impedido a la industria rusa continuar produciendo material bélico, ni el de la contraofensiva ucraniana, que no ha logrado romper el frente de Zaporozhie como prometió durante meses. Todo vale para justificar la necesidad de la aprobación de los nuevos 50.000 millones de euros con los que mantener artificialmente al Estado ucraniano mientras Estados Unidos financia, con los 60.000 millones de dólares que debe aprobar el próximo mes de enero, al ejército ucraniano. La financiación es necesaria, como lo es también apoyar a Ucrania hasta la victoria final en esta guerra común contra Rusia y contra Vladimir Putin. Para ello, no es necesario explicar el motivo del fracaso de los planes actuales, sino comprometerse a repetirlos hasta lograr el objetivo deseado.

“Lo importante es qué podemos hacer para evitar que Rusia gane la guerra. ¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Estamos realmente dispuestos a hacer todo lo que haga falta? Esta es la pregunta que debemos hacernos”, plantea Borrell como punto de partida. En la simplificación interesada del conflicto para justificar la continuación de una política que está resultando desastrosa para Ucrania y también para la Unión Europea, solo hace falta un argumento: “Putin ha decidido continuar la guerra hasta la victoria final”. No hace falta mantener una mínima coherencia entre el análisis y la tozuda realidad. No importa tampoco que Rusia buscara un final rápido a la guerra iniciando unas conversaciones de paz apenas unos días después del inicio de su operación militar. Como ha podido confirmarse con el testimonio de David Arajamia, líder de la delegación ucraniana en las finalmente fallidas negociaciones de Estambul, el objetivo ruso no era ya entonces una victoria sobre Ucrania, la ocupación de todo el país ni existían unas ambiciones territoriales que pudieran, a la larga, permitir a Moscú amenazar el resto de Europa. Rusia buscaba consolidar su posición en Crimea, asegurar que Ucrania renunciara también a Donbass, cuya independencia había sido reconocida el 22 de febrero, y unas garantías de seguridad sobre la base de la neutralidad ucraniana. Fue el rechazo de Ucrania a un acuerdo de paz, en el que la postura occidental fue uno de los factores importantes (aunque no el único y posiblemente tampoco el más importante), el que condenó el conflicto a la guerra total en busca de una derrota completa del enemigo. Ante la negativa de Ucrania y de Occidente, que nunca favoreció la búsqueda de una solución negociada a la guerra, la respuesta rusa fue consolidar el control sobre los territorios bajo su control. Las palabras de Arajamia confirmaron lo que se sabía ya desde la publicación del principio de acuerdo que Medinsky creyó tener con la parte ucraniana: Rusia estaba dispuesta a abandonar todos los territorios sobre los que había avanzado en Ucrania a excepción de Donbass. Esas eran las ambiciones territoriales de Rusia en aquel momento. Desde entonces, las únicas acciones ofensivas rusas se han limitado a Donbass y ha adoptado una postura netamente defensiva en el resto del frente. El hecho de que las autoridades rusas retiraran incluso los monumentos rusos y soviéticos de la ciudad de Jersón en su repliegue indica que no había posibilidad a corto o medio plazo de volver a avanzar sobre la margen derecha del río Dniéper. Mucho ha cambiado en un año y las tropas rusas no se encuentran ya a la defensiva y han recuperado gran parte de la iniciativa perdida. Sin embargo, las acciones ofensivas rusas siguen limitándose a Donbass. No hay, pese a los análisis de think-tanks como el Institute for the Study of War, signo alguno de una ofensiva rusa a gran escala.

Aun así, la versión ucraniana de la guerra, que busca asistencia europea y norteamericana hasta la victoria final, implica exagerar un riesgo que simplemente no existe. En esa labor, Josep Borrell siempre se ha mostrado dispuesto a explotar cualquier argumento y cualquier peligro, real o imaginario. “Putin no puede estar satisfecho con quedarse un trozo de Ucrania y dejar que el resto forme parte de la Unión Europea, pero no puede estar satisfecho con una victoria territorial limitada”, afirma el diplomático en declaraciones a The Guardian con un argumento, y una frase, incoherentes. El acuerdo de Estambul exigía a Ucrania la renuncia a la OTAN, pero apoyaba el ingreso del país en la Unión Europea como una de las vías de recuperación económica. Pero entre la realidad y la leyenda, la diplomacia de la UE siempre elige la segunda. “No va a desistir en la guerra”, insiste Borrell ocultando que Occidente nunca, ni antes ni después de febrero de 2022, ha favorecido la resolución diplomática al conflicto. Y aprovechando la coyuntura electoral, Borrell añade que Putin no cesará en su esfuerzo bélico (aparentemente personal) “especialmente no antes de las elecciones americanas, que le pueden presentar un escenario mucho más favorable. Debemos prepararnos para un conflicto de alta intensidad durante mucho tiempo”, concluye Borrell, dejando claro cuál es el motivo real de la presión que está realizando en busca de más apoyo para Ucrania. La posible victoria de Trump ha de analizarse teniendo en cuenta los cambios, o la ausencia de ellos, durante su mandato presidencial. La postura rusa no cambió en la cuestión ucraniana a lo largo de esos cuatro años: Rusia continuó exigiendo el cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Tampoco la postura estadounidense varió expresamente y el enviado de Trump para los asuntos ucranianos, Kurt Volker, continuó la política de sabotaje de los acuerdos de Minsk. Solo la postura de la Unión Europea quedó minada: con el nombramiento de Volker para unas negociaciones directas entre Estados Unidos y Rusia, Bruselas quedó apartada como un socio secundario cuya opinión no era una prioridad.

El objetivo de la Unión Europea es continuar la guerra hasta el final. El peligro no son las ambiciones de Rusia, sino la posibilidad de pérdida de la financiación y el favor estadounidense. Es demasiado tarde para la Unión Europea para abandonar el proyecto ucraniano, un país al que ha prometido ya la integración en el bloque político. En este contexto en el que Bruselas es consciente de que tendrá que pagar los platos rotos de Estados Unidos, cuya implicación política es mucho más lejana y fácil de abandonar, el peligro real no son las ambiciones del enemigo, sino la posibilidad de pérdida del aliado. Elevar el nivel de amenaza rusa, sea real o ficticia, es la única vía que Bruselas parece haber encontrado para defender la necesidad de continuar la guerra y mantener tanto su inversión como la de Estados Unidos. Esa es la única coherencia que hace falta en el discurso europeo.

Slavyangrad

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