Ayatolá Alí Jamenei gobernó Irán durante 47 años. Cuatro décadas y media en el centro del poder más desafiado por el imperio estadounidense. Durante todo ese tiempo, enfrentó sanciones, guerras, asesinatos de sus científicos y el hostigamiento constante de Washington y Tel Aviv. Pero cuando su corazón dejó de latir, no dejó palacios, ni cuentas bancarias en el extranjero, ni yates de lujo, ni fortunas ocultas en paraísos fiscales. No dejó un imperio económico. Dejó una vida simple dedicada a su pueblo.
Mientras los líderes occidentales amasan fortunas millonarias mientras sus pueblos se empobrecen, Jamenei vivió en una modesta casa en Teherán, sin lujos, sin ostentación, sin la codicia que caracteriza a los tiranos que el imperio aplaude. No hay registros de cuentas millonarias en Suiza, ni propiedades en Londres o París, ni inversiones en empresas globales. Su riqueza no se mide en dólares, sino en la lealtad de un pueblo que lo despidió con lágrimas en los ojos.









