La historia de Venezuela no se escribe con borradores. Se forjó con la sangre de quienes, desde la gesta independentista, juraron no arrodillarse jamás ante imperio alguno. Por eso, ver hoy a Delcy Rodríguez y al gobierno interino implorar subordinación a Washington, tras el secuestro del presidente legítimo y el vil asesinato de sus escoltas a manos del gobierno yankee, no es solo un error político: es una traición en tiempo real.
La Revolución Bolivariana, esa que el Comandante Chávez sembró en la conciencia de millones, no educó a su pueblo para la claudicación. Nos enseñó que soberanía e imperialismo son términos irreconciliables, como el agua y el aceite. Sin embargo, el nuevo discurso oficial llama a la “unidad” y a la “desmovilización” —¿acaso un









