martes, 4 de septiembre de 2018

Le llamaban Batya

Los soldados de la República llamaban a Zajarchenko cariñosamente Batya [papá]. No era un líder al uso, no tenía experiencia de gestión y esa fue su ventaja. En tiempos de paz, sus decretos habrían causado confusión. Por ejemplo, la “marcha de la deshonra” [condenada por muchos como una deshonra y una humillación gratuita] del 24 de agosto de 2014, cuando se hizo pasar por la plaza central de Donetsk a varias docenas de prisioneros de
guerra ucranianos. En julio de 1944 se hizo lo mismo con los prisioneros fascistas. Sin embargo, condiciones de guerra y con bombardeos incesantes día y noche, levantó el espíritu de lucha de la milicia y, por otra parte, demostró ante la población civil que tenían quien les defendiera. Que iban a luchar y a ganar.

Tras la captura del aeropuerto de Donetsk, reunió a todos los ciborgs capturados y personalmente les guió en un “tour” por las zonas que las tropas ucranianas habían bombardeado con especial crueldad. Para muchos de ellos fue como una revelación. Además de los prisioneros, caminaron por esos barrios destruidos las madres de aquellos que habían destruido esas zonas. Se dirigieron a Zajarchenko personalmente con una plegaria: que dejara ir a sus hijos. Y Zajarchenko, haciéndoles prometer que no volverían a Donbass empuñando un arma, les dejó ir.

Una muerte dolorosa, vil. Como cualquier otro líder combatiente, era perfectamente consciente de que corría ese riesgo. Y no tenía miedo a morir. El enemigo, que no pudo vencerle en el campo de batalla, ha elegido una estrategia diferente. Una vez más, Kiev ha actuado con el método del terrorismo de Estado, causando un atentado a plena luz del día en el centro de una ciudad pacífica. Ucrania ha vuelto a demostrar su bajeza, cuestionando también el curso de los acuerdos de Minsk. A Zajarchenko, por cierto, nunca le gustaron, pero los entendió como una realidad inevitable con la que había que convivir. Al menos por ahora.

En el funeral de Motorola, Alexander Zajarchenko prometió que cuando las milicias liberaran Slavyansk, colocarían un monumento al legendario comandante de Sparta en el monte de Karachun [desde donde las tropas ucranianas bombardeaban la sitiada Slavyansk en los primeros días de la guerra en el verano de 2014-Ed]. Nada ha cambiado con la muerte de Zajarchenko. Ante la tumba de Arsen Pavlov, Motorola, todos sus soldados hicieron la misma promesa. Solo que ahora, además de un monumento a Motorola, tendrá que haber otro a Batya.

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