Desde hace meses, la agenda internacional se mide, al menos en parte, en términos electorales de cómo puede afectar a las midterms estadounidenses. La guerra contra Irán es el ejemplo más claro: Donald Trump optó por la guerra subestimando el potencial del oponente y sobreestimando el propio y para cuando quiso darse cuenta, la opción militar le llevó a un alza de los precios de la gasolina en Estados Unidos que complicaba notablemente las posibilidades electorales de sus candidatos en las elecciones legislativas de mitad de mandato. El Memorándum de Entendimiento, más favorable a Irán de lo que a Washington le gustaría -de ahí que esté tratando de reescribirlo en la negociación, ardua tarea teniendo en cuenta el buen nivel diplomático de la delegación iraní- y está marcado por la necesidad de Estados Unidos de reabrir el estrecho de Ormuz para conseguir la ansiada bajada de los precios del combustible en el mercado norteamericano, un factor determinante en la orientación del voto de la población.
Las elecciones también son un factor a tener en cuenta en Rusia, que esta misma semana ha comenzado la precampaña con un mitin de Rusia Unida, en el que, sin más sorpresa que la derrota de Dmitry Medvedev -signo de que se busca apartar a figuras con posiciones radicales-, se ratificaron los candidatos. El acto fue uno de los pocos en los que participó Vladimir Putin, que no acostumbra a propagarse por eventos de un partido que es más una lista de candidatos en temporada electoral que una formación política real. Teniendo en cuenta que la guerra marca completamente la actualidad política y los partidos de la oposición no han conseguido colocar en la población una opción diferente a la forma en la que el Estado está llevando a cabo lo que aún se conoce como operación militar especial, es de esperar una continuidad que no altere el orden político ruso. Siempre atenta a las posibilidades de desestabilizar la Federación Rusa, Ucrania ha optado por el castigo colectivo a la población con la destrucción de las infraestructuras de refinado de petróleo y la industria que da empleo a miles de personas y no por la injerencia electoral o la apuesta por el ascenso de figuras o partidos que vayan a oponerse a la guerra. Con el tiempo, Ucrania repetirá el mantra de la dictadura rusa para mofarse del proceso electoral, aunque la realidad es que, para Kiev, son más útiles opciones radicales como Dmitry Medvedev, cuya retórica da la razón a quienes alegan que Moscú no quiere negociar y que la única opción es la guerra, lugar en el que también está instalado el Gobierno de Kiev.
El juego electoral ucraniano no es con las elecciones rusas, ni siquiera con las elecciones estadounidenses, donde realmente no se juega nada. Incluso ahora, con una mayoría Republicana en el Congreso, el poder legislativo estadounidense es favorable a reanudar la asistencia militar a Kiev interrumpida por Donald Trump. Aunque el trumpismo se ha hecho con gran parte del poder del Partido Republicano, la Cámara de Representantes y el Senado siguen contando con una importante representación del sector neocon del partido, un grupo de personas que no ha conocido guerra que no fuera de su agrado y que vio con gusto la posibilidad de desgastar e incluso derrotar al viejo enemigo de la Guerra Fría. Si Donald Trump cambia de opinión en algún momento y decide pasar de beneficiarse económicamente de la venta de armas a la OTAN para su posterior envío a Ucrania y volver a enviar material bélico como asistencia militar a Kiev, la Casa Blanca sabe que contará con los votos necesarios para hacerlo.
Algo similar puede decirse de las opciones electorales de los demás países proveedores del ejército o el Estado ucraniano, donde las opciones antimilitaristas son minoritarias o demonizadas por los medios en el momento en el que aumentan su intención de voto -como ocurrió con Melenchon en Francia- o, si prometen reanudar las relaciones con Rusia -como ha hecho AfD esta semana-, no cuentan con elecciones a la vista para aspirar a acercarse al poder.
Como se repite desde hace más de un año, cuando Donald Trump puso sobre la mesa la exigencia, la legislación ucraniana impide la celebración de elecciones durante la ley marcial. Esa circunstancia fue el detonante del fallido intento de Petro Poroshenko de cancelar o posponer las elecciones de 2019, en las que era consciente de que no tenía ninguna opción de victoria contra Volodymyr Zelensky. El presidente ucraniano lanzó una imprudente, irresponsable y contraproducente operación de cruce a través del puente de Kerch con el objetivo de que los marines fueran detenidos por la Federación Rusa y obtener de la Rada la declaración de estado de excepción con la que evitar las elecciones y, por lo tanto, la derrota. Perdidos todos sus apoyos relevantes, Poroshenko no logró capitalizar su jugada militar y, semanas después, dio paso a Volodymyr Zelensky, que llegó al poder con una campaña de compromiso y diálogo para lograr la paz en Donbass y cierta concordia y reunificación nacional a nivel interno. Nada de eso se produjo y la guerra ha hecho que sea Zelensky quien haya tenido que navegar la ley marcial y sus implicaciones.
En noviembre del año pasado, la negociación Estados Unidos-Ucrania y Estados Unidos-Rusia dio lugar a un plan de 28 puntos que rápidamente fue demonizado como excesivamente prorruso. En él, el trumpismo planteaba una exigencia a Ucrania: la celebración de elecciones a la mayor brevedad, algo en lo que ya había insistido el líder estadounidense, cuya opinión de Volodymyr Zelensky nunca ha sido especialmente buena. En aquel momento, como había hecho hasta entonces, el Gobierno ucraniano respondió utilizando argumentos repetidos anteriormente: la ley marcial impide la celebración electoral, no existe en el país la seguridad necesaria para unos comicios, el proceso no sería viable con millones de personas desplazadas interna o externamente y Kiev necesitaría asistencia específica para poder costear el proceso.
Nada ha cambiado en este tiempo: la ley marcial se ha renovado otros 90 días hace unas semanas; la escalada de guerra de drones y misiles hace que la seguridad no solo no haya mejorado, sino que ha empeorado; no hay retorno de la población al país o a las regiones de las que ha huido y no se ha ofrecido a Ucrania más financiación para poder realizar unas elecciones. Y aun así, la cuestión electoral ha vuelto a la actualidad, en esta ocasión en la prensa ucraniana, que da a entender que se plantea la posibilidad de la celebración de comicios para este próximo otoño.
“Zaluzhny fue convocado a una reunión con Zelensky en la que se le disuadió de sus ambiciones presidenciales”, titulaba ayer Ukrainska Pravda, uno de los principales medios ucranianos. Según el diario de Kiev, el exjefe del ejército ucraniano y actual embajador de Ucrania en el Reino Unido fue llamado a consultas antes de que se consumara la anunciada dimisión de Keir Starmer, sentenciado políticamente tras la victoria electoral de Andy Burnham, cuando quedó claro que pronto va a producirse un cambio de liderazgo en Downing Street. Según Ukrainska Pravda, se dedicó una parte importante de la reunión a analizar la situación en el Reino Unido y las implicaciones de la futura transición de Starmer a Burnham. Sin embargo, el Gobierno de Zelensky habría aprovechado el encuentro para tratar la cuestión electoral con quien es la única alternativa real al actual presidente en caso de que se celebraran unos comicios. Las encuestas que se han publicado estos años indican confianza de la población ucraniana -entendida como la población residente en la parte del país bajo control de Kiev- en su presidente mientras dure la guerra, pero unas perspectivas electorales poco prometedoras en caso de paz. En realidad, es obvio que las posibilidades de reelección de Zelensky dependen directamente del resultado de la guerra y de la percepción social sobre si se ha conseguido un acuerdo digno. A mejor posición de Zelensky, más dificultad para Zaluzhny -en realidad el candidato del sector vinculado a Petro Poroshenko- para capitalizar su exilio en Londres como argumento electoral.
“Zelensky dijo que la situación en el frente ha evolucionado positivamente en los últimos tiempos, que la sociedad sigue bastante unida y que, por lo tanto, se ha abierto una ventana de oportunidad para celebrar elecciones”, afirma una fuente citada por Ukrainska Pravda pese a que la evolución de la situación en el frente es exactamente la misma que en meses anteriores. La única diferencia es la campaña mediática con la que Ucrania afirma tener grandes éxitos y trata de ocultar los de su oponente. Ayer mismo, Leonid Ragozin comentaba que “los mapeadores ucranianos de DeepState tardíamente señalan considerables avances rusos en Ray-Alxandrovka y Kryva Luka, en la dirección de Slavyansk. Los rusos están avanzando hacia Nikolaevka, la ubicación de la central eléctrica de Slavyansk. Deep State también marcó avances rusos (de hasta 3 km) al norte de Pokrovsk en la dirección de Dobropilla. A medida que junio llega a su fin, toda la charla sobre “punto de inflexión” y “Ucrania ganando más territorio” ha disminuido, y por buenas razones: el lento avance ruso continúa de manera muy obvia”. Ni la situación en el frente ha cambiado tanto ni la seguridad en la retaguardia ha aumentado. Sin embargo, según lo publicado por Ukrainska Pravda, ninguno de esos aspectos preocuparía al Gobierno ucraniano, que percibe como tarea principal “realizarlas de tal manera que se evite que el país sufra una nueva división interna. Esto, prosiguió el presidente, significa evitar los riesgos que conllevaría un enfrentamiento entre Zelensky y Zaluzhny”.
Tras la caída de su mano derecha, Andriy Ermak, Zelensky quiso aliarse con Kirilo Budanov, una de las figuras vinculadas a la guerra, concretamente a la inteligencia militar, que emergían como posibles rivales políticos. Incluir a Budanov en su equipo pretendía integrar al aparato de seguridad y defensa de Ucrania de su lado y anular así parte del atractivo de su oponente, Valery Zaluzhny, por lo que es muy probable que Zelensky y su equipo busquen una narrativa de unidad que evite unas elecciones en las que el actual presidente tendría unas perspectivas complicadas. Sin embargo, como recordaba Leonid Ragozin, hay que tener en cuenta que Ukrainska Pravda “no es una fuente neutral aquí. Su propietario forma parte del campamento pro-Zaluzhny”. Casi todo en guerra es un juego de propaganda y, aunque es probable que Zelensky esté valorando el momento actual como más favorable que los años pasados y probablemente que la próxima primavera para realizar elecciones, la velada acusación de que el Gobierno trata de coaccionar a su principal rival para que renuncie a su candidatura no parece un movimiento del equipo del actual presidente sino del entorno de Zaluzhny. «Si hubiera elecciones este otoño, ¿te presentarías?», habría preguntado Zelensky a Zaluzhy. «Sí, lo haría», habría respondido, con lo que puede entenderse como la confirmación oficial de un secreto a voces, el actual embajador de Ucrania en el Reino Unido. Solo es el inicio de una campaña electoral que se prevé mucho más larga que los meses que han de transcurrir hasta el otoño.

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