sábado, 18 de julio de 2026

El peso de la inteligencia


 Las redes sociales se han llenado estos días de profundos lamentos por el cese del ministro Mijailo Fedorov, despedido por Zelensky esta semana para resolver -o quizá empeorar- un conflicto interno entre quienes ver la guerra como un videojuego que librar a distancia y en el aire y quienes entienden que los movimientos de tropas y control territorial también son parte integral de ganar la guerra o arriesgarse a perder la paz. La sustitución del ministro al que se otorga el crédito de haber modernizado el ejército y de haber digitalizado el Estado ha provocado reacciones que lo han calificado como movimiento suicida o regalo a Rusia. Todas esas afirmaciones son francamente exageradas. La modernización del ejército se limita a la descentralización de las unidades, que ha tenido como consecuencia empoderar aún más a ciertos comandantes, entre ellos famosas figuras de la derecha más extrema, para crear sus propios ejércitos privados. La digitalización del Estado avanza, sin duda, aunque no necesariamente la prestación de servicios, su calidad o coste para la población más pobre de Europa. La población puede también adquirir con menor burocracia las miserables pensiones con las que es imposible vivir dignamente.

La apuesta por la guerra aérea como medio con el que obligar a Rusia a negociar, término que ha de entenderse añadiendo la coletilla de negociar en condiciones impuestas por Ucrania y sus aliados, implica para Ucrania centrarse fundamentalmente en la guerra de drones. Es ahí donde Kiev, que cuenta con amplio apoyo técnico y financiación extranjera además de facilidades de producción en el exterior, ha logrado sus tan publicitados éxitos. Pese a la aparente victoria que supone para Syrsky y otros generales de la vieja guardia el cese de Fedorov, nada va a cambiar en la táctica y la estrategia ucraniana. Frente a la especulación inicial, Zelensky no ha nombrado ministro de Defensa al hasta ahora ministro del Interior, sino a quien dirigía el SBU, el Servicio de Seguridad de Ucrania, su inteligencia civil.

Como el GUR, la inteligencia militar de Ucrania, el SBU ha sido uno de los protagonistas de esta guerra desde sus inicios. En 2014, tras el cambio irregular de gobierno en Kiev, el Servicio de Seguridad de Ucrania fue uno de los agentes de consolidación del nuevo régimen. Aunque con los años pasó a encontrarse bajo control del presidente, por aquel entonces, el SBU formaba parte del feudo del Ministerio del Interior. Dirigido por Arsen Avakov, una figura oscura y con grandes intereses en los flujos del dinero sucio de la economía en la sombra, el Ministerio del Interior fue el primero en integrar a los grupos de extrema derecha que ya había utilizado para la represión del enemigo interno. No es casualidad que, cuando planteó una operación policial y de inteligencia con la que acabar con la rebelión de Donbass, Avakov recurriera a los hombres de negro de Andriy Biletsky para formar parte de las tropas de su Ministerio. Azov nació como batallón policial -posteriormente regimiento, luego brigada y finalmente dos cuerpos de ejército- dentro de las tropas al servicio de Arsen Avakov y se convirtió en un ejemplo de integración y empoderamiento del sector más movilizado y organizado de la sociedad, la extrema derecha armada que había ejercido de fuerzas de choque de Maidan y posteriormente de brazo parapolicial para evitar cualquier reacción anti-Maidan al golpe de estado.

En 2023, uno de los directores del SBU en los primeros años de la Ucrania de Maidan, Valentin Nalivaychenko, aliado de Yulia Timoschenko, confirmaba un secreto a voces: la inteligencia civil ucraniana tenía un programa de asesinatos selectivos para cazar a determinadas personas al otro lado del frente. “En la Ucrania moderna, los asesinatos se remontan a, al menos, 2015, cuando el servicio nacional de seguridad (SBU) creó un cuerpo después de que Rusia hubiera capturado Crimea y la región de Donbass. El quinto directorio de contrainteligencia de élite creó una fuerza de sabotaje en respuesta a la invasión. Después se centró en los que eufemísticamente calificó de trabajo mojado”, escribía entonces The Economist. “Con reticencias llegamos a la conclusión de que necesitábamos eliminar a gente”, afirmaba entonces Naliaychenko sobre su tiempo como director del SBU, en el que la cínica lógica era que tenían que “llevar la guerra hasta ellos”. En realidad, Ucrania ya había llevado la guerra a ellos, la población de Donbass contra la que inició una operación antiterrorista para resolver un problema político por la vía militar.

La decisión de poner en marcha, al más puro estilo del Mossad, un programa de asesinatos “llegó cuando los entonces líderes de Ucrania decidieron que la política de encarcelar a colaboradores no era suficiente”, explicaba The Economist en 2023. “Las prisiones estaban desbordadas, pero pocas personas eran disuadidas”, admitía Nalivaychenko. La respuesta de Ucrania nunca ha sido el diálogo, sino elevar el nivel de violencia, en ese caso ataques selectivos que se unían a las operaciones militares y el castigo colectivo que sería durante siete años el bloqueo de Donbass. Sin adjudicar claramente la autoría, el artículo mencionaba tres asesinatos selectivos de los que Ucrania siempre había culpado a Rusia: Arsen Pavlov, Motorola; Mijaíl Tolstyj, Givi y Alexander Zajarchenko, Batya, este último firmante de los acuerdos de Minsk. Ese mismo año en el que se confirmó la campaña ucraniana de asesinatos, un oficial ucraniano exmiembro tanto del GUR como del SBU, Roman Chervinsky, era señalado como coordinador de la operación para hacer estallar el Nord Stream. Chervinsky ha reivindicado también el asesinato de Zajarchenko.

Como el caso Nord Stream, un atentado en el que la presencia de miembros en activo o exempleados de las dos inteligencias militares, el reciente intento de asesinato de un oligarca ucraniano en Mónaco es un ejemplo de la presencia del SBU y el GUR en los casos más conocidos de ataques lejos del frente, del uso de las técnicas del crimen organizado y el personal de la extrema derecha. Uno de los acusados por el asesinado de Vadim Ermolaev ha seguido un camino que no es una excepción: del Praviy Sektor en 2014 al SBU como activo y posteriormente al mundo del crimen organizado.

En ocasiones es complicado conocer si el origen de las bombas, las balas o los drones que asesinan en la retaguardia proceden del SBU o del GUR, ya que ambas inteligencias ucranianas se jactan de sus asesinatos selectivos, que actualmente se producen mayoritariamente por medio del uso de drones. Esta misma semana, Rusia denunciaba el asesinato del ingeniero jefe de la central nuclear de Zaporozhie en un ataque dirigido en el que un dron impactó contra su vehículo.

Drones y asesinatos selectivos han sido el principal modus operandi del SBU bajo el mando de Yevhen Jmara, una nueva cara para el Ministerio de Defensa de Ucrania con la que eliminar a un ministro excesivamente popular y con apoyos claros entre algunas de las empresas o empresarios más importantes del mundo (Pallantir o Elon Musk). Pese a la actual retórica de las protestas, el cambio al que aspira Zelensky es simplemente de cromos y el planteamiento es dejar Defensa en manos de quienes apuestan por la guerra en la retaguardia rusa como principal herramienta de Ucrania para mostrar su fortaleza. Como indicaba The Kiyv Independent el día en el que se confirmó el nombramiento, Jmara “dirigió anteriormente el Centro de Operaciones Especiales «Alpha» de la agencia, que ha desempeñado un papel clave en la campaña de ataques de largo alcance de Ucrania contra Rusia”. Entre esos éxitos está la Operación Telaraña, en la que drones del SBU infiltrados en Rusia atacaron las bases de la aviación estratégica rusa en junio de 2025. El ataque es exactamente el tipo de operación que busca Zelensky: espectacular y humillante para Rusia a pesar de no provocar ningún cambio real en la guerra.

El nombramiento de Jmara es también la confirmación de la prominencia de las estructuras de seguridad y el aparato represivo de Ucrania al frente de las instituciones más importantes del país. Medios ucranianos daban por hecho el jueves que el nuevo director del SBU, una agencia implicada en asesinatos selectivos, atentados internacionales y crimen organizado, con conexiones tanto con Estados Unidos como con la extrema derecha armada, será el hombre que, desde la sombra, dirigía ya la inteligencia civil de Ucrania, Oleksandr Poklad. Su reputación le precede y se traduce por el sobrenombre por el que es conocido, el estrangulador, supuestamente basado en el relato de sus propias hazañas.

“En 2023, Budanov acusó oficialmente al SBU de haber asesinado a Kireev, quien, según él, era un agente leal del GUR. Budanov señaló al departamento de contrainteligencia del SBU como responsable; en aquel momento, dicho departamento estaba dirigido por Poklad, el principal especialista del país en «trabajos sucios»”, explicaba hace unos días Peter Korotaev en su blog Events in Ukraine, relatando la capacidad de matar de Pokland e insistiendo en una rivalidad que persiste entre el GUR y el SBU, que pasan de colaborar en operaciones exteriores a perseguirse mutuamente en busca de cotas de poder a nivel interno. Las disputas políticas y económicas dentro del aparato de seguridad de Ucrania están lejos de limitarse a modernizadores contra soviéticos o a Fedorov contra Syrsky.


Slavyangrad

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