miércoles, 15 de julio de 2026

Coalición de armas


 Hubo un tiempo en el que, al menos retóricamente, la paz se asociaba a negociación, diplomacia y tratados para garantizar el desarme o, cuanto menos, el control del armamento. Eran los tiempos en los que el mundo vivía en un espejismo de equilibrio que, en realidad, nunca fue tal. Al contrario que Estados Unidos, que no padeció la guerra en su territorio continental, la Unión Soviética tuvo que reponerse de la pérdida de 27 millones de personas, superar los daños materiales en su territorio y protegerse de quienes habían sido sus aliados. Moscú nunca pudo aspirar a encontrarse al nivel económico y militar de su oponente capitalista, pero su fuerza y proyección eran suficientes para dificultar aventuras militares como las que la OTAN y Estados Unidos se han permitido desde el final de la Guerra Fría, cuando la Alianza Atlántica, una reliquia de tiempos pasados, pudo expandirse sin oposición y destruir países a su antojo y sin el contrapeso de ninguna potencia mundial. El fin de la historia de Francis Fukuyama no era solo la victoria del capitalismo, sino la supremacía militar de Occidente frente a un resto del mundo que debía acatar las normas.

El retorno de Rusia tras los años 90 de catástrofe humanitaria, explosión descontrolada de desigualdad, ganancias masivas de unos pocos y paso libre de los chicos de Chicago para impedir cualquier intento de desviarse del camino, se fraguó durante la primera década de este siglo, fundamentalmente a base de un Estado que comenzó a controlar ciertos excesos de la oligarquía y altos precios de las materias primas. Moscú reaccionó por primera vez a lo que percibió como provocaciones de Occidente -incluso la UE admite que Rusia respondió al ataque de Saakashvili en Osetia del Sur- en Georgia en 2008. Ese año, contra el criterio de países como Alemania, la OTAN había ofrecido a Ucrania y Georgia una promesa que, aunque quizá vacía, obligaba a Rusia a reaccionar. La guerra olímpica fue fácil, rápida y Rusia mostró su capacidad de llegar a la capital georgiana para dejar claro que, si no avanzaba hacia Tiblisi, era únicamente por una decisión política.

El punto de inflexión fue Crimea, cuando Occidente se encontró, de repente, con la sorpresa de que Moscú se había guardado durante quince años el precedente que la OTAN impuso en Kosovo, independizando una parte de un Estado soberano al que bombardeó haciendo estallar por los aires lo poco que quedaba del orden internacional creado en 1945. Como humillación final, Rusia no utilizó solo el precedente de Kosovo, que si era válido en Yugoslavia tenía que serlo también en Ucrania, sino que añadió la reunificación alemana para justificar la adhesión de Crimea a Rusia. Incapaz de reaccionar, con una presencia militar rusa y una cercanía económica y social que hacían de Crimea el territorio menos ucraniano del país, Ucrania se retiró de la península consciente de que solo una gran guerra podría devolverle el control. Así se lo hicieron saber sus aliados occidentales, que pusieron la línea roja en un ataque contra la OTAN, aunque nunca estuvieron interesados en declarar la guerra a Rusia para devolver Crimea a Ucrania. Eso sí, los países occidentales no hicieron nada por conseguir que Kiev cumpliera los acuerdos de Minsk ni por resolver la guerra de Donbass, sin la que no puede entenderse la invasión rusa de 2022. Unos meses antes, la declaración Crimea había reafirmado que Ucrania utilizaría todas las armas a su alcance, en aquel momento políticas y diplomáticas, para recuperar el territorio que más le importaba. Nada ha cambiado en ese sentido político y Crimea sigue siendo más importante para ambos países que Donbass, el territorio por el que llevan luchando desde hace más de cuatro años. Lo que ha cambiado es que ahora Ucrania dispone de la posibilidad del uso de la fuerza en su intento de recuperar lo que perdió, no por lo militar, sino por la vía política y social. Rusia no necesitó utilizar la fuerza para capturar Crimea al contar con el apoyo social, algo que no tiene Ucrania después de doce años, especialmente tras haber impedido durante años el paso del agua a la península -un muro que Rusia hizo explotar en los primeros días de su intervención militar- y utilizando el acoso militar actual en su intento de mejorar su posición negociadora.

En nombre de la paz justa -siempre sin definirla- y de acortar la guerra pese a conseguir, en lugar de concesiones de Rusia un endurecimiento de la respuesta de Moscú, Ucrania apuesta por la vía militar para conseguir sus objetivos. La paz no requiere de un movimiento pacifista, eliminado completamente del ecosistema político europeo ante la práctica unanimidad de las izquierdas y derechas sistémicas a favor de luchar contra Rusia hasta el último ucraniano, ni de diplomacia para la creación de una arquitectura de seguridad continental que garantice la gestión de conflictos y avance hacia la autonomía estratégica, sino coaliciones para la producción de armas. “Lo sabemos: no hay libertad sin defensa. No hay paz duradera sin la fuerza para preservarla”, escribió ayer la presidenta de la Comisión Europea. La Unión Europea, que no ha sido capaz de presentar una sola propuesta en busca de la paz en Ucrania en más de una década, sigue apostando por vincular paz a rearme.

Ayer, Ucrania se congratulaba por la histórica presencia de soldados ucranianos junto a las tropas francesas en el desfile del 14 de julio, con pilotos ucranianos sobrevolando París a bordo de sus flamantes cazas Rafale. Pero, ante todo, Kiev se jacta de haber logrado exactamente lo que buscaba. En Francia, presidida por Emmanuel Macron y en la última participación de sir Keir Starmer antes de que se consume su caída la próxima semana, la Coalición de Voluntarios, que lleva meses preparando una misión europea armada para garantizar un futuro alto el fuego sin que la propuesta se haya concretado, anunciaba una nueva propuesta aún más ambiciosa. “Aquí en Francia, comenzamos hoy con la reunión fundacional de nuestra coalición antibalística. Espero que el proyecto FREYJA tenga éxito y fortalezca nuestra defensa antibalística. Invito a todos los que estén interesados y puedan contribuir a nuestro trabajo conjunto a unirse a nosotros. Necesitamos avanzar lo más rápido posible y realizar este trabajo de manera excelente. Lo lograremos”, afirmó Zelensky. Se han unido a esa nueva coalición para la producción de armas pesadas para la guerra Ucrania, Dinamarca, Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, Noruega, España, Suecia y el Reino Unido.

Los planes de la Coalición de Voluntarios son ominosos, pero son de futuro, unas ideas más pensadas en el día después de la guerra. Sin embargo, la batalla se libra ahora y para ello, Francia ha ofrecido a Ucrania una larga lista de regalos. “Ucrania recibirá licencias para fabricar armas de gran importancia: misiles SCALP, bombas guiadas AASM y, en colaboración con Italia, misiles Aster 30. Francia también cooperará con nosotros y con otros socios en el marco del programa FREYJA de defensa antibalística, un pilar especialmente importante de nuestra futura fortaleza. Ucrania será el primer país en recibir los nuevos y mejorados sistemas franco-italianos SAMP/T NG. Estos son sistemas de defensa antibalística eficaces. Francia también proporcionará dos baterías SAMP/T para fortalecer nuestras defensas a finales de este año. Al mismo tiempo, Francia e Italia acelerarán la entrega de misiles Aster 30 para octubre de este año. Ucrania también adquirirá los primeros 16 aviones de combate Rafale para la Fuerza Aérea de Ucrania, junto con sus armas asociadas. La formación de nuestros pilotos y personal de mantenimiento comenzará en Francia a finales de este año. Después de eso, los primeros cuatro aviones Rafale serán transferidos a las Fuerzas Armadas de Ucrania”, añadió Zelensky, mezclando armamento que llegará a Ucrania de forma rápida con otros aspectos como el de las licencias de producción, pensados para la guerra armada posterior a un futuro alto el fuego y para el mundo en el que el país ya no sea un proxy contra Rusia en el campo de batalla, sino una colonia en la que producir armamento de forma más barata.

“Mi más sincero agradecimiento a todos nuestros socios internacionales por su apoyo inquebrantable y solidaridad con Ucrania. Juntos, hemos continuado profundizando nuestra cooperación y fortaleciendo nuestra seguridad compartida en los tiempos más difíciles. Ha sido un honor de mi vida trabajar a su lado en apoyo de la libertad y una paz justa”, escribió Yulia Sviridenko en su último mensaje como primera ministra de Ucrania antes de su dimisión obligada. Paz justa es conseguir más armas y seguir luchando hasta un futuro incierto en el que las condiciones de negociación sean más favorables.

En París, Zelensky se enorgulleció de sus éxitos. Sin embargo, a su regreso le espera una situación mucho más inestable. La unanimidad en su apoyo que existe en Europa no lo es tanto en Ucrania, donde el actual presidente maniobra para centralizar el poder y limitarlo a unas pocas manos que sean de su gusto. A su retorno, espera a Zelensky una crisis de Gobierno que ya se ha cobrado el puesto de la primera ministra y que amenaza también al del ministro de Defensa, que mueve sus cartas para intentar permanecer al mando del ministerio más importante del país.

Slavyangrad

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