lunes, 24 de agosto de 2026

TRAICIÓN A BOLÍVAR: El entreguismo de Delcy Rodríguez dinamita la dignidad de un pueblo.

La historia de Venezuela no se escribe con borradores. Se forjó con la sangre de quienes, desde la gesta independentista, juraron no arrodillarse jamás ante imperio alguno. Por eso, ver hoy a Delcy Rodríguez y al gobierno interino implorar subordinación a Washington, tras el secuestro del presidente legítimo y el vil asesinato de sus escoltas a manos del gobierno yankee, no es solo un error político: es una traición en tiempo real.

La Revolución Bolivariana, esa que el Comandante Chávez sembró en la conciencia de millones, no educó a su pueblo para la claudicación. Nos enseñó que soberanía e imperialismo son términos irreconciliables, como el agua y el aceite. Sin embargo, el nuevo discurso oficial llama a la “unidad” y a la “desmovilización” —¿acaso un

lapsus que delata su verdadera intención? ¿Cómo pedir unidad con quienes entregan paso a paso los recursos naturales que pertenecen a las futuras generaciones? ¿Cómo consensuar con quienes dinamitan, con sonrisas diplomáticas, los logros sociales que costaron décadas de lucha?

No hay conciliación posible entre el águila rapaz y la patria bolivariana. El silencio del pueblo que hoy intentan imponer no es paz: es el intento desesperado de consolidar la cobardía y la traición como política de Estado. Cuba, Venezuela y todos los pueblos que resistieron jamás fueron abandonados en el discurso de los valientes, pero hoy son moneda de cambio en una negociación obscena.

Decirle al mundo que se puede dialogar con quien secuestra presidentes y asesina escoltas es borrar de un plumazo la memoria de Bolívar. Este no es el camino de la unidad: es la ruta de la vergüenza. Y la historia, que ya juzgó a tantos, no tardará en cobrarle factura a quienes hoy prefieren ser sirvientes del imperio antes que herederos de la dignidad.

Editorial

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